Imagino un hombre joven que con cierto nerviosismo camina por el Barrio Latino en París. Ha tomado una decisión que lo tiene inquieto. No es que tiene que visitar a un viejo enfermo recién operado por unos cálculos en la vejiga. No es la ansiedad de grabar las memorias del general que luego se publicarán en la revista Panorama, en 1971. No es que lo agita la idea del viaje; ya había viajado a Caracas, Maracaibo, Barcelona, París, Hiroshima y Madrid. No es que esté apabullado por hacer una entrevista, ya tenía varias en su haber fuera del contexto nacional, Martin Buber, Gagarin, Fellini. Está deambulando por las calles parisinas pero no está solo. Lleva una generación en la cabeza y siente el peso de la historia antes de llegar a destino. Emprende el viaje sin saber por dónde comenzar y sin imaginar lo que vendrá después. El joven va a encontrarse por segunda vez con Perón, al cual había conocido en 1966. Es marzo de 1970. Antes de salir rumbo a Madrid, parece que el joven tiene un mal presagio. Imagino que se pasa la mano sobre el hombro para ahuyentar el mal como si fuera una cagada de paloma. Sube al coche con su amigo, el poeta César Fernández Moreno. Prende un cigarrillo y baja la ventanilla aunque hace frío. En el Eolo, el coche que va a atravesar con valentía los Pirineos, hablan del encuentro o llenan el viaje de ruta con el presente de las cosas. Se quejarían de la corriente de aire, las moscas, el humo de los cigarrillos, los tamangos agujereados de tanto andar o los males de ojo, que siempre los hay. ¿Y Perón, habrá viajado con ellos en el Eolo? ¿Cuántas veces lo habrán nombrado? ¿Era el Pocho, el viejo, Perón, General? ¿Lo habrán imaginado en la intimidad con Estelita? ¿Cómo nombrar un hombre que era el deseo de una multitud? Viajan hacia el encuentro con Perón con todo lo que un encuentro de un hombre de ese tamaño implica.
Llegaron a Madrid un jueves a la tarde con las ráfagas de viento frío que entraban por la rendija de la ventanilla que no podían cerrar. Tenían cita al día siguiente, el viernes, 26 de marzo de 1970. Cuando llega a Madrid, el cronista se echa a caminar por la ciudad a primera hora de la mañana buscando un poco de aire en los jardines Sabatini y por las recovas de la plaza Mayor. Se siente incómodo en la ciudad. Un poco por el aire seco y otro por la zarzuela y los abanicos que batían el aburrimiento de las recovas. El cronista no se halla. ¿Hubiera preferido no haber hecho ese llamado desde París para entrevistar al general? No lo sé. Cuando llega el momento de la cita en la Quinta 17 de Octubre, en Puerta de Hierro, se encuentra más incómodo aún. Camina hacia la cita llevando en los bolsillos -intuyo- las cartas de los amigos, infinitas charlas de café, la ebullición de una revolución contra la injusticia, la pobreza, y los deseos de una multitud que está esperando el retorno del hombre que devolverá a la Argentina todo lo que ha perdido. Ese hombre está por confiarle su vida. El joven se encuentra por segunda vez con el viejo pero trae al encuentro lo que no ve, los que no están ahí, todos aquellos que esperan. El general parece calmo, va a un ritmo parsimonioso de alguien que controla la situación. Se sienta al lado del joven con la lentitud propia de la vejez y la inquietud de la espera. Quizás en ese sillón intuye que comenzarán sus verdaderas memorias. Ya es hora de contarlas, piensa el general. ¿Y el joven, qué siente? Imagino que va hacia el encuentro sabiendo que el cadáver de Eva Perón está oculto en Milán, que hay agrupaciones que reclaman su devolución así como esperan el retorno del viejo para iniciar otra Argentina. El joven piensa, digo, que es posible recuperar el cadáver y aunque de eso no se habla en ese primer encuentro es una presencia palpable.
Sigo con estas páginas mecanografiadas donde se anuncia el joven como "cronista". Perón se ve bien dispuesto a recibirlo. Sabe que el cronista ya tiene bastante trayectoria como para confiarle su vida. Comenzará la entrevista en dos horas. Perón empieza a hablar y el cronista se ve a sí mismo "como una plaza abarrotada" mientras escucha al general explicar "que un pequeño país de hombres felices es preferible a una gran nación de desgraciados".
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Griselda Zuffi - Profesora titular de Literatura  Hispanoamericana en Hood College, Washington. Autora del libro "Demasiado real. Los excesos de la historia en la escritura de Tomás Eloy Martínez" (Corregidor, 2007).